Manual de selvicultura de
Frondosas Caducifolias
Índice
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6. SELVICULTURA DE LAS PRINCIPALES ESPECIES DE FRONDOSAS FORESTALES PARA EL NORTE DE ESPAÑA

6.3 Quercus robur y Quercus petraea Roble, Roble albar. Carballo, Carba

Los robles del país son especies con gran tendencia a la hibridación, entre ella y con otras del mismo género, lo que dificulta el establecimiento de unos límites claros en sus áreas de distribución. En Galicia la especie más frecuente es el carballo (Quercus robur), mientras que el carballo albar (Quercus petraea) es escaso, aunque tiene mayor presencia en áreas montañosas de Asturias y León. Los robles precisan en general climas de tendencia atlántica con un mínimo de humedad (precipitaciones anuales de al menos 600 mm), no tolerando sequías estivales fuertes (requieren al menos 150 mm de precipitaciones estivales)

Soportan bajas temperaturas en invierno, e incluso heladas tardías de cierta intensidad. Aparecen hasta los 1500 - 1700 m de altitud, siendo Quercus petraea una especie más abundante en áreas de montaña, mientras que Quercus robur abunda sobre todo en los valles.

Se desarrollan sobre sustratos tanto silíceos como calizos. Ambos precisan suelos de cierta fertilidad para un buen desarrollo. Quercus robur tolera suelos más pesados y arcillosos, incluso con un cierto encharcamiento estacional, con lo que entra a formar parte en Galicia de los bosques de ribera. Quercus petraea tolera mejor la sequedad estival del suelo, se desarrolla mejor sobre suelos más sueltos y arenosos (incluso pedregosos), y no tolera los muy pesados o encharcadizos.

Los robles son especies de luz o media luz, ya que las plantas pequeñas no soportan una cobertura arbórea más allá de uno o dos años. Al principio agradecen un acompañamiento lateral, pero conforme pasan los años se hacen más exigentes en espacio vital y precisan desarrollarse a plena luz. En general se considera a Q. petraea algo más tolerante a la sombra que Q. robur.

La regeneración es buena por semilla. Comienzan a fructificar a los 35 - 40 años, comportándose como especies veceras. Rebrotan extraordinariamente bien de cepa, lo que posibilita el tratamiento en monte bajo para producción de leñas.

No brotan o brotan mal de raíz.

Son árboles corpulentos, de hasta 30 y 35 m de altura y grandes diámetros de fuste, con copa amplia y globosa, no muy densa. Lógicamente el porte de árboles que se han sometido a podas intensas o que han sufrido el efecto de los incendios no se corresponde con esas posibilidades. En espesura desarrollan un tronco esbelto, cilíndrico y limpio de ramas. El sistema radical es potente y profundo, con raíz principal pivotante y secundarias fuertes y extendidas. Son árboles muy longevos, del orden de 500 a 600 años, si bien pueden llegar a superar los 1000 años.

El crecimiento es lento, sobre todo en los primeros años, haciéndose posteriormente algo más rápido y sostenido. Los rendimientos son del orden de los 4 a 6 m3/ha año.

Madera de calidad muy variable en función de los tratamientos recibidos por el árbol. La albura es de color blanco amarillento, mientras que el duramen (cerna) es de color cuero, que amarillea con el tiempo. Presenta grano fino o semifino. Cepillada presenta un brillo céreo, acanaladuras de poros muy visibles en el corte tangencial y mallas o espejuelos brillantes en el radial. Es fácil de pulimentar y trabajar, pero se sierra, clava y atornilla con dificultad. Es madera dura, semipesada y elástica. Resiste a la humedad, al desgaste y a los esfuerzos mecánicos.

Es poco estable y se seca lentamente, por lo que precisa de un secado al aire o artificial muy cuidadoso para evitar deformaciones y/o grietas. El duramen es muy resistente a la intemperie, hongos de pudrición y al ataque de los insectos (salvo las termitas), mientras que la albura es sensible, por lo que debe desecharse en la elaboración posterior o bien debe ser tratada con protectores.

Los usos de la madera son muy variados: las mejores calidades se destinan a ebanistería, carpintería de interiores, revestimientos decorativos, tornería, talla y tonelería (por ser la madera más adecuada para contener licores y vinos de calidad, dada su aptitud para el curvado, su comportamiento en la difusión de sustancias y la baja permeabilidad del duramen). Las calidades medias se emplean para suelos de madera y las peores para traviesas de ferrocarril e instalaciones rurales (verjas, vallas, postes). También se usa como madera de construcción en rehabilitación de viviendas antiguas y en construcciones de nueva planta que pretenden aspecto rústico.

Se ha usado tradicionalmente en grandes edificaciones y en construcción naval, por su resistencia, dureza y duración, tanto dentro como fuera del agua, junto con la rectitud y elevadas dimensiones que pueden llegar a alcanzar las trozas.

También se ha utilizado en construcciones fijas en contacto con el agua (pilotes) y en maquinaria, carretería y arsenales militares. Proporciona leña y carbón vegetal de muy buena calidad.

Selvicultura:

Los robles del país son especies muy poco plantadas debido a la lentitud de su crecimiento. En los últimos años, son principalmente los Servicios Provinciales de Medio Ambiente de la Xunta de Galicia los que han abordado algunas repoblaciones, todas de carácter protector. No es previsible que esa situación se modifique a corto plazo, por lo que se hará hincapié, en relación con estas especies, en los tratamientos adecuados en montes donde los robles aparecen por regeneración natural.

Rodal de buena calidad de carballo en la montaña lucense.

Los montes de roble existentes son muy diversos en su origen y composición. Los formados por árboles trasmochos son frecuentes en Galicia pero solo tienen como principal beneficio económico la obtención de leñas, ya que buena parte de los árboles tienen el tronco podrido, debido a las brutales podas que se realizan periódicamente.

Otros montes tienen numerosos árboles procedentes de rebrote, pudiendo calificárseles como montes bajos. Al no seleccionar los mejores chirpiales los árboles existentes tienen a menudo escaso valor comercial.

Abundan cada vez más los regenerados naturales en terrenos agrícolas abandonados. Esos montes tienen muy buenas posibilidades de mejora mediante adecuados tratamientos, al tener pies jóvenes, vigorosos y poco deteriorados por tratamientos desafortunados.

Obtener robles con buen porte forestal es difícil y requiere una selvicultura específica que nunca se ha aplicado en el Noroeste de España. Los árboles que de forma natural poseían esas características relacionadas con la producción de madera de calidad se han cortado intensamente, lo que ha supuesto una degradación genética importante.

En regenerados y montes bravos son imprescindibles las limpias y desbroces de vegetación leñosa y herbácea, debiéndose favorecer, en lo posible, a especies accesorias de interés, como el cerezo, fresno o arce. Esas operaciones permiten abandonar rápidamente el estado de "matorral de roble", en el que la fuerte competencia afecta mucho al crecimiento, siendo además muy sensible al incendio.

Las densidades iniciales en los robles deben ser elevadas, ya que la forma de los árboles tiende a ser defectuosa. Será preciso hacer clareos desde los 15 años en adelante. Al iniciar los clareos la densidad a menudo es superior a los 10000 pies/ha, llegándose al final de los clareos los 2000 - 2500 pies/ha.

Para evaluar la forma de los robles es importante estudiar la tendencia al ahorquillamiento, que puede predecirse por la disposición de las yemas en el extremo del ramillo terminal. Si existe una única yema terminal y las demás están a distancia considerable, no hay excesiva tendencia a ahorquillarse. Por el contrario, si las yemas laterales están próximas a la terminal y parecen apuntar hacia ella, la tendencia será importante.

En cuanto a la poda natural, se considera buena para ambas especies, siempre que exista una densidad suficiente que prevenga una excesiva ramosidad y grosor de las ramas. Esto hace que no sea frecuente la poda de los robles.

Las claras se inician a los 30 años y se realizarán a intervalos de 7 a 10 años hasta el momento de comenzar las cortas de regeneración. La primera clara puede conllevar la preselección de los candidatos a pies de porvenir, en un número de 200 - 300 pies/ha, para luego realizar una selección definitiva a los 50 - 60 años. El espaciamiento adecuado entre los pies de porvenir definitivos oscilará entre 10 y 12 m (de 70 a 100 pies/ha).

Es conveniente en todas las actuaciones de corta respetar el posible subpiso de especies de sombra que a menudo existe de forma natural, ya que al dar sombra a los troncos elimina las ramas bajas y favorecen la formación de fustes de roble de buena calidad. Una especie típica formadora de subpiso es el haya, pero en las áreas donde no está presente podemos servirnos de otras de menor porte como el acebo, sanguiño y arce.

Las claras no serán fuertes, debido a la acusada tendencia de los robles a formar brotes chupones, que son estimulados por las puestas en luz del tronco. Las claras serán, en consecuencia, moderadas y se actuará sobre todo en los árboles dominantes y codominantes. Como norma general en la selvicultura de los robles, éstos han de tener la copa a la luz y el tronco a la sombra.

En el intervalo de 50 a 80 años, las claras pueden ser algo más fuertes para dar mayor luz y favorecer el crecimiento en diámetro de los pies de porvenir. La corta puede realizarse hacia los 100 años, si se han realizado adecuadamente las claras, ya que de lo contrario los diámetros serán reducidos y habrá que esperar hasta los 120 o más años.

En plantaciones se recomiendan densidades entre los 2000 y 2500 pies/ha, correspondientes a unos espaciamientos de 2 x 2, 2,5 x 2 ó 3,5 x 1,5 m.

Partiendo de estas densidades van a ser necesarias las tallas de formación posteriores, para prevenir la aparición de horquillas en el tronco, realizándose éstas cada 2 ó 3 años. Serán necesarios desbroces posteriores que garanticen el arraigo de las plantas jóvenes y su acceso a la luz. La presencia lateral y moderada de vegetación acompañante de leguminosas, tipo xestas o toxos, será interesante para contribuir a la buena forma de los fustes.

El roble rebrota muy bien de cepa y es posible su aprovechamiento en monte bajo para la producción de leñas, con turnos del orden de los 30 años para leñas gruesas, si bien éste es un método de beneficio que se tiende a abandonar, por el escaso interés económico de los productos obtenidos.

Si nos encontramos con un monte bajo abandonado de buen aspecto, se puede proceder al resalveo, que consiste en seleccionar árboles de porvenir y realizar claras, manteniendo chirpiales de acompañamiento para reducir la aparición de chupones y la incidencia del viento sobre los resalvos o individuos seleccionados. Se reservarán igualmente otros brotes bajos para dar sombra y abrigo lateral. El número total de chirpiales a reservar será de 400 a 600 pies/ha y los brotes se procurará que no sean endebles o con tendencia a curvarse con la nieve o con el aumento de peso de la copa. Al cabo de unos años de actuaciones convenientes de clara no se nota que el monte procede de rebrote de cepa y se sigue una selvicultura similar a la expuesta anteriormente.

En el caso de que el arbolado del monte bajo tenga escasa calidad, se procederá a su corta y se introducirá una nueva plantación, o bien se aprovecharán los rebrotes combinándolos con una plantación de enriquecimiento.

La regeneración del roble es fácil de conseguir en áreas de clima atlántico. Las numerosas cortas de aclareo sucesivo uniforme que son necesarias en países centroeuropeos pueden reducirse a dos en nuestro caso, extrayendo el 60% de los pies en la primera y el resto en la segunda, que se ejecutará pasados unos 5 años, con arbolitos de regeneración ya conseguidos. Debe tenerse cuidado de que las plantas de regeneración no estén dominadas durante demasiados años, ya que bajo cubierta quedan sin vigor. Si la regeneración natural no se consigue se puede llegar a la densidad adecuada mediante la repoblación artificial.

 

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